Vivo con miedo. Sobrevivo. Es cansado. Todo, hasta lo más cotidiano o sencillo, se hace cuesta arriba. Supone un esfuerzo enorme. Cada vez dejo de vivir un poco y me encierro más. Todo importa menos y duele más. Y eso que habla en mi cabeza se hace fuerte y molesta más. Tiene ya el terreno conquistado. El espacio es suyo. Nunca se calla. Nunca ayuda. Molesta y molesta y molesta y me recuerda constantemente el problema que es vivir. Tiene forma de bola negra, pequeña y pesada en el centro de todo. Crece poco a poco, como un gas, ocupa todo el espacio posible, llega a todos mis rincones y me impide moverme. Otras veces explota y lo inunda todo de repente, dejándome sin aire y llenándome de dolor y de dudas, de lágrimas y de angustia. Me vuelve cada vez más débil y frágil. Algunas veces estalla tan fuerte que me hace cachitos que luego no sé volver a juntar. Nunca tuve paciencia para hacer puzzles. Y para unir mis trozos necesito además mucho valor para mirarlos directamente, reconocerlos y ponerlos de nuevo en su sitio. Y nunca tuve ni valor ni paciencia. Y no se como incluirlos en mis aplicaciones de serie. Las que necesitaría: paciencia, valor, bondad, simpatía, amabilidad, empatía, asertividad, constancia, curiosidad, generosidad, autodisciplina.
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